Younes Belhanda

Tiene una proyección descomunal. Su escalada posicional en el terreno de juego es la metáfora perfecta de su evolución como futbolista y del potencial que atesora. Se inició jugando de líbero, por detrás de la defensa. Evolucionó a pivote defensivo, se metamorfoseó a volante y ahora se desenvuelve de forma brillante como enganche en el Montpellier. Es, por fin y de forma merecida, el ’10′. Y no solo en su equipo. Desde que Eden Hazard ha emigrado al Chelsea, Younès Belhanda es el mediapunta por excelencia de la Ligue 1.

Mezcla la desvergüenza del fútbol del barrio con la etiqueta del fútbol de alta escuela. Cada gesto, cada detalle, cada filigrana, cada adorno suyos transmiten la elegancia de una reverencia y el desafío a sangre fría del que no teme ni respeta ninguna autoridad. Cuando juega canta un rap agresivo vestido con el frac de un director de orquesta. Suya es la batuta que acompasa y matiza el ritmo del juego colectivo, al tiempo que cada eslálom suyo parece una guerra personal contra el mundo.

Velocísimo en la conducción, su juego exige un abuso de avanzar con el esférico anudado al pie. Con espacios es letal, el contraataque es su hábitat natural. Baja hasta el campo propio a recibir (o incluso a robar, con sus dotes de antiguo medio defensivo), gira con un toque y un golpe seco de cintura, se propulsa con su arranque endiablado en los dos primeros pasos y pone en jaque a la defensa rival. Tocado por la varita de la técnica depurada, la habilidad con el balón le concede el don de elegir cuándo puede permitirse perder el cuero. Ágil con las dos piernas, baila con sendos ombros para convertirse en funambulista imprevisible que puede salir del regate hacia cualquier lado. Desborda con más facilidad en velocidad que en estático. Tiene pinceladas de filigranero sin ser un malabarista declarado.

Si decide asistir, tira del manual básico de arquitectura: pase al espacio, en profundidad, entre el lateral y el central, para la carrera del extremo. Y se incorpora: tiene llegada, tiene gol. Y, sobre todo, un disparo privilegiado desde fuera del área. Arma la pierna rápido, apenas precisa tomar carrera. El balón sale catapultado potente, bien colocado, con una rosca veloz como un bumerán. Las escuadras le sonríen, las crucetas le guiñan el ojo. Parecen sus amigas. Por supuesto, todas las jugadas a balón parado son para él, y goza de un buen desplazamiento en largo para desahogar el juego.

En el ataque estático es la proporción perfecta entre potencia y control. Domina la croqueta en el círculo central como el mejor Iniesta. Embelesa como Ronaldinho cuando hace sombreros para ceder atrás y pausar la jugada. Recuerda al Cristiano Ronaldo de sus inicios cuando desborda con una bicicleta o recorta con la espuela. Asiste de cuchara desde la media luna y filtra pases verticales que rompen dos líneas defensivas en menos de 10 metros. Ahora mismo, el talento y la evolución de Belhanda es una delicatessen pastelera que, tras horas de minucioso trabajo en el obrador, sólo precisa de la cocción necesaria para que suba el soufflé y convertirse en delicia de gourmet.

Destila, sin embargo, dudas acerca de una mentalidad un tanto inmadura, e incluso en ocasiones demasiado conservadora más allá del campo. Acumula pecados inocentes de juventud, como arrancar un banderín de córner para jugar al golf en una celebración. Nada grave, nada irremediable, pero que no transmite las mejores vibraciones. Le gusta ser el centro de atención en el festejo. Son habituales volteretas y otras piruetas en el aire. Y es el único momento en el que sonríe. Con el balón en juego se muestra con la cabeza gacha, semblante serio, como si no quisiera mirar a nadie a la cara. Como si quisiera esconder algo de sí mismo y a la vez el mundo le debiera algo. Puede llegar a desprender un aire desapegado que puede despertar recelo. Es descarado para tirar un penalti a lo ‘panenka’ en una tanda en la Copa de África. Sangre fría encomiable que sin embargo aún no basta para colocarlo a la altura de mitos como Totti o Pirlo. Para eso hace falta un bagaje y una carrera que todavía no ha osado iniciar.

Tuvo la oportunidad en verano de dar un salto a un grande, y se cerró en banda. Sonó para el Madrid. Su evolución de las posiciones defensivas a la mediapunta lo hacía ideal para el doble rol que no acaba de asumir un endeble Luca Modric que nunca ha alcanzado el nivel que prometía en sus albores. Tampoco quiso saber nada del Arsenal. Allí hubiese recalado con Giroud, al que atiborró de asistencias en Montpellier, y hubiese combinado de forma celestial con Santi Cazorla. Aunque es comprensible que, tras ganar la primera liga de la historia del Montpellier, club donde se ha formado, quisiera jugar la Champions con el pantalón naranja.

La actitud conservadora se atisba, precisamente, a la hora de enrolarse en una cantera de primer nivel. Rechazó siendo un adolescente ofertas de equipos grandes de Francia como el Olympique de Marsella o el Mónaco, cuyos canteranos sólo llegan al primer equipo si son verdaderamente talentos de primera línea. Se conformó con el Montpellier, un equipo modesto, acostumbrado a huir de la amenaza del descenso y que, oh milagro, viene de ganar la primera Liga de su historia. Belhanda hubiese alcanzado la élite desde cualquier cantera, pero prefirió una apuesta menos ambiciosa con un club que, muchas veces por falta de recursos económicos, se ve obligado a recoger más frutos del árbol de la cantera (aunque alguno a veces esté aún verde).

Jugó algunos partidos con la selección francesa sub20, pero se decidió por Marruecos para ser internacional absoluto. Marruecos reina en el fútbol africano, un continente que no destaca por su nivel futbolístico a nivel de selecciones. Pero no aspira a ganar Mundiales ni a acercarse a grandes glorias futbolísticas internacionales. ¿Por qué decidió Belhanda, nacido en Avignon, perder la oportunidad de jugar con Francia? Los más románticos apelan a que su primer balón se lo regalaron sus abuelos que viven en Marruecos. Otros apuntan que la competencia con los Nasri, Ribéry y compañía se une a la losa de heredar la demarcación, quizá el dorsal y sobre todo la responsabilidad y el legado de un mito como Zidane. Y no es un reto con el que se atreva cualquiera.

Belhanda tiene 22 años. Es de la quinta de grandes fenómenos que ya despuntan y triunfan en grandes clubes europeos. Equipos que aspiran a todo, jugadores que apuntan a lo más alto como Thiago Alcántara, Balotelli o Tony Kroos. También es cierto que otros, por precipitarse, parece que han descarrilado antes de alcanzar el punto álgido en el trayecto por un exceso de velocidad. El caso de Bojan o de Fran Mérida. Belhanda está más que capacitado para dar pronto el salto a un club grande. Por una vez, tendrá que ser valiente y dejar de apuntar a objetivos a media altura. Abandonar la cabeza del ratón y saltar encima del león. Levantar el mentón y mirar al mundo a los ojos. Sin miedos, sin complejos. Su don le será suficiente si de verdad confía en él. Solo así podrá reinar.

Vía: http://masliga.com/nacional/firmas-nacional/joan-tejedor/younes-belhanda-la-cabeza-del-raton-3620/

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